ACEPTACIÓN O DESMENTIDA DE LA VERDAD DEL ABUSO SEXUAL "Creerle a la Neurótica de Freud”
Por Isabel Monzón *
Desde aquel “Suena como un cuento de hadas científico”, con el cual Krafft-Ebing cerrara, en abril de 1896, la reunión en la Sociedad de Psiquiatría y de Viena en la que Freud expuso por primera vez su teoría de la seducción, hasta nuestros días, el debate sobre el abuso sexual contra menores no cesa de provocar controversia y actitudes extemporáneas dentro del movimiento psicoanalítico. En La etiología de la histeria, Freud explica su “teoría de la seducción” sosteniendo que el recuerdo de los abusos sexuales padecidos en la infancia provoca neurosis. Los abusos sexuales, dice, son cometidos por un adulto extraño a la criatura, sin el consentimiento de ella y con una secuela de terror inmediata a la vivencia. Otras veces, la persona adulta es cuidadora del niño. “Niñera, aya, gobernanta, maestro, y por desdicha también, un pariente próximo.” Unos días después, Freud le escribe a Wilhelm Fliess: “La conferencia tuvo una recepción gélida por parte de los asnos y un juicio singular por parte de Krafft-Ebing”. En setiembre de 1897, en otra carta a Fliess, Freud expresa que no puede seguir sustentando la teoría de la seducción. “Ya no creo más en mi neurótica”, escribe, y fundamenta su descreimiento en la “imposibilidad de acusar al padre de perverso”, inclusive al suyo, y en que considera poco probable que la perversión contra los niños esté tan difundida. Cree ahora que el relato de sus pacientes se apoya en un falso recuerdo, producto de sus fantasías. Poco tiempo después, elabora la teoría del complejo de Edipo, en la cual el seductor pasa a ser el niño.
A partir de estas dos diferentes y contradictorias posturas freudianas, el psicoanálisis ha oscilado entre la creencia en la realidad del abuso y su desmentida, con la subsecuente iatrogenia que la segunda postura conlleva. Muchos psicoanalistas que, llevados por la clínica con menores víctimas de abuso sexual o con adultos sobrevivientes, retoman la teoría de la seducción para darle una vuelta de tuerca más, o dejan de ser considerados psicoanalistas o son calumniados o injuriados por algunos “colegas”. Tal fue el caso de Sandor Ferenczi. El creativo psicoanalista húngaro abrió, en 1932, el XII Congreso Internacional de Psicoanálisis con la ponencia Confusión de lengua entre los adultos y el niño: “Nunca se insistirá bastante sobre la importancia del traumatismo y en particular del traumatismo sexual como factor patógeno. Incluso los niños de familias honorables de tradición puritana son víctimas de violencias y violaciones mucho más a menudo de lo que se cree”. Sigue: “El niño puede intentar protestar, pero a la larga es vencido por la fuerza y la autoridad aplastante del adulto. Llevado por el temor y la indefensión, la criatura se doblega a la voluntad del agresor y lo introyecta, para poder seguir sosteniendo con él un vínculo de ternura”. A este mecanismo de defensa mental, Ferenczi lo llama “identificación con el agresor”. El talentoso psicoanalista húngaro murió en mayo de 1933 con la promesa de Ernest Jones de publicar su trabajo en el International Journal of Psychoanalysis, promesa que nunca cumpliría. Poco antes de morir Ferenczi, Freud, repitiendo lo mismo que a él le hiciera Krafft-Ebing –o, como él mismo hubiera dicho, repitiendo activamente lo vivido pasivamente– le escribe a Jones una carta en donde le dice que una paciente de Ferenczi, la señora Severn, parecía haberle provocado a su analista una “pseudología fantástica”. (El diccionario médico alemán Pschyrenbel define pseudología fantástica como la “invención de experiencias que tan sólo son cuentos de hadas”.) El polémico y valioso trabajo de Ferenczi se conoció recién en 1949, gracias a Michael Balint.
Desde aquel descalificador “esos son cuentos de hadas científicos” que Krafft-Ebing le dirigiera a Freud, hasta el duro diagnóstico de “pseudología fantástica” que el mismo creador del psicoanálisis le endilgó a Ferenczi, las injurias y acusaciones de psicopatología contra los psicoanalistas que toman una postura activa frente a la grave realidad delabuso no han cesado. La historia se repite: algunos profesionales de la salud no quieren aceptar la verdad de lo que escuchan. En consecuencia, al faltar un oyente/interlocutor válido, si el paciente es una criatura, el abuso persistirá y, si es adulto, insistirán sus efectos.
Curiosamente, parecemos olvidar aquello que el mismo creador del psicoanálisis decía, a raíz del caso Juanito: “El niño no miente sin razón, y en general, se inclina más que los adultos hacia el amor por la verdad. (...) Liberado de su opresión, comunica a borbotones lo que es su verdad interior”. Todos tendríamos que animarnos a seguir creyéndole a la Neurótica de Freud. Tal vez así ella se animaría a dejar el refugio-cárcel de su neurosis.
* Directora de la Revista del Ateneo Psicoanalítico.